sábado, 30 de marzo de 2019

ANCLADOS

Kika se levanta procurando no despertar a Miguel. Descalza recorre el pasillo hasta el salón y sale a la terraza en busca de aire fresco. El agudo e incesante canto de los grillos confirma las altas temperaturas de esta noche veraniega. Un escalofrío la despertó aún con la sensación en su espalda de un abrazo reciente. La mirada de Yago al atardecer, rodeado de girasoles vuelve a su retina más real que la oscuridad que la rodea. Se sorprende de que todavía siga soñando con él; a pesar de tener una vida feliz junto a Miguel y de no haberle visto desde que se separaron hace más de una década, esos sueños la embriagan de amor profundo.
Mira la hora en el móvil, "estará amaneciendo en España", piensa. Busca en contactos y abre un chat: "Hola, Yago", lo borra. "Querido Yago: ¡cuánto tiempo! ¿Sabes qué soñé...” Borra, borra, borra... Finalmente controla el impulso. Mejor dejarlo, ya dolió bastante.
La luna está creciente, como la que se ha tatuado hace unos días y ahora adorna su escote. Se hace una foto alineando ambas; la pone en su perfil y en su estado: "¿Lunática?" con un girasol y un corazón. "Como si fuese a leerlo. Ilusa", se dice. Ella nunca creyó en conexiones paranormales.
Regresa a la cama donde Miguel sigue dormido y se arropa en el recuerdo de ese sueño hasta que logra dormirse otra vez.


*****

Yago tiene un cuaderno lleno de sueños bajo su almohada. No es el primero: soterrados en el cajón de las sábanas guarda otros diez, uno por año.
Es un tipo corriente: eficiente en el trabajo, divertido con los amigos, cariñoso con la familia... Los que le quieren bien no entienden por qué no se echa una novia. Varias le han pretendido desde que se separó de Kika, pero Yago parece no estar interesado en compartir su vida con nadie. Dice que está bien solo y cambia de tema con maestría si alguien intenta escarbar más de la cuenta.
Cada noche al acostarse toma su cuaderno y escribe una breve historia. Luego apaga la luz y la recrea en su mente hasta que se duerme.

Hace un sol radiante. Camina por un sendero sinuoso rodeado de campos amarillos. Debe de ser finales del verano y el aire cálido acaricia su cara. Escucha a lo lejos esa risa que reconocería entre todas las risas: el tono, el ritmo acompasado, el suspiro que siempre la sigue... no sabe exactamente qué de todo eso es lo que le provoca, de un modo casi mágico, la expansión del músculo que bombea el purpúreo elixir de la vida. Palpita cada vez más rápido. Inquieto, acelera el paso. Al fin la ve, su melena rojiza ondea entre los girasoles. Se apresura a abrazarla por la espalda y al girarse la admira: lleva un nuevo tatuaje en forma de luna bajo la clavícula. Su cara no ha cambiado nada, tampoco esa blanquísima sonrisa. Unos rutilantes ojos reflejan la emoción al verle y siente que ella también le ha echado de menos. Ambos saben que lo que hubo entre los dos les unirá para siempre.

Suena el despertador. Yago saca el cuaderno y dibuja un número que subraya: 26. Son las veces que ha logrado verla en un sueño, pero no en uno cualquiera, no, son sueños lúcidos de esos que no laceran sino que reconfortan, en los que ambos se encuentran en una realidad paralela. Un viaje astral.

Mientras se afeita se observa en el espejo y sonríe. ¡Hoy la abrazó!




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sábado, 9 de marzo de 2019

EN TIEMPOS DE JULIA


Dice Julia que las mujeres no debemos andar solas de noche, que crea mala fama. Yo cuestiono si eso no es bueno, ahora que ser famoso sale tan rentable, y dice que el que se gana la fama por no ser recto se cuelga un sambenito que no me recomienda. Mi hermana pequeña, que la mira atenta, quiere saber quién es "San Benito", pero Julia prosigue con su discurso: que ya no hay mujeres decentes, que algunas no tienen principios y así pasa...
Le pregunto qué opina sobre la igualdad y se cabrea.
—¿Qué igualdad ni qué ocho cuartos? ¡Somos distintos! —dice mientras sirve en cada plato un mazacote de arroz.

—Julia, ¿le gusta ser ama de casa?
—Es mi obligación, ni me gusta ni me disgusta.
—Si hubiese nacido chico, ¿qué habría querido ser?
—Pues algo con estudios, no sé, quizá médico o maestro...
—¿Y por qué no estudió?
—Ay, niña, porque eso era cosa de hombres. Afortunadamente para vosotras eso ha cambiado.
—Aún hay mucho por hacer para que desaparezca completamente el machismo —digo convencida.
—¡No digas tonterías! ¡En mis tiempos había machismo, pero ahora ya no!
—Entonces —ironizo—, ¿cree que si un hombre sale solo de noche se creará mala fama?
—No, hija. Un hombre puede salir por la noche solo porque para eso es un hombre. No sé qué te enseñan en el instituto, pero tienes la cabeza llena de pájaros. Venga, terminad de comer que vuestra madre está al llegar. Yo aún tengo que limpiar las botas de mi Antonio y freírle el pescado, que después de la partida viene "contento" y si le hago esperar, la tendremos.

Recojo los platos y friego.

—¡Ya está aquí! —nos vocea desde el pasillo.

Recibe a mi madre con una bota en una mano y un trapo untado con pomada negra en la otra.

—Muchas gracias por tu ayuda, Julia —dice mamá algo avergonzada.

En su rostro leo que esta vez tampoco ha conseguido el trabajo.
Parece que comeremos aquí una buena temporada.


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lunes, 4 de febrero de 2019

LA OFENSA


         Lo encontró dentro de un arca polvorienta con las bisagras oxidadas que se pudría en un rincón del desván; estaba encajada tras un pilar que sujetaba el viejo techo abuhardillado de la casa donde lo criaron sus abuelos. Una caja con fotografías antiguas, un crucifijo envuelto en una manta y una inusitada biblia hueca parecía ser todo el tesoro que contenía. Apartó aquello a un lado y arrastró el pesado arcón al centro del desván para hacerle un lavado de cara. Cuando se disponía a lijarlo por dentro advirtió que tenía un falso fondo. Ayudado por un destornillador levantó la madera que salvaguardaba, en aquel espacio secreto, un diario y, entre sus páginas, una fotografía con una dedicatoria: "Te amaré hasta mi último suspiro. Siempre tuyo, Kassoum". En el anverso, la imagen de un muchacho alto, fuerte... y negro.
Daniel sintió el desprecio que su abuelo le había imbuido hacia esa deleznable raza.
Abrió el diario. Algunas páginas eran ilegibles por la humedad.


29/06/1953

         Estoy preocupada. No mancho desde hace cuatro meses y, a pesar de no comer apenas y vomitar todas las mañanas, la falda no me abrocha. Mi madre sospecha algo. Si mi padre se entera, me matará.

27/07/1953

         Nos encontró. Algún vecino nos vio huir en un remolque y dio el chivatazo. Tres días después rodearon el granero en el que nos escondíamos...
Mientras dos hombres lo sujetaban, mi padre lo molió a palos. Luego cogió una garrafa de combustible, roció a Kassoum que yacía inconsciente en el suelo y prendió fuego al granero dejándolo allí encerrado.
No quiero vivir...

19/08/1953

         Ya es imposible ocultar mi embarazo. Me ha encerrado en el desván.
Camuflado en la biblia, he conseguido traer el diario.

23/11/1953

         ¿Acaso no me va a dejar salir nunca? El bebé empuja desde hace días...

***


         De pequeño, el abuelo le contó que su madre había fallecido en el parto y que su padre los había abandonado. La abuela, enferma de Alzheimer, no hablaba; de vez en cuando miraba al techo y lloraba.

         Daniel salió al tejado y saltó. Su vida había sido una quimera.


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jueves, 31 de enero de 2019

VOLVER A EMPEZAR


Era lo único que podíamos hacer por él, dadas las circunstancias.
Rita lo miró por última vez y soltó un largo suspiro. Tantas horas compartidas, tantos momentos inolvidables... La conocía mejor que nadie. Tres años juntos, sin separarse ni un solo minuto. Él guardaba todos sus secretos y ella sabía que una parte irrecuperable se iba en esa despedida.

—De todo se aprende —le dijo el muchacho.

Rita alargó su mano y lo dejó caer en el pequeño buzón de reciclaje.
Guardó su nuevo móvil en el bolso y al salir de la tienda se prometió que, desde ese momento, comenzaría a guardar todo en aquella nube.



domingo, 27 de enero de 2019

JUNTOS OTRA VEZ


Vivía en un barrio humilde rodeado de cariño y adoraba una pelota azul con la que marcaba goles a su padre. Por la noche, pedía siempre un cuento a su mamá que le leía mientras él se acariciaba con la trenza de su pelo. De su hermano pequeño le cautivaban sus carcajadas cuando le hacían pedorretas.
Un día, paseando por la playa, así de pronto, se fue de viaje al cielo. Aquello estaba lleno de luz, nubes blanditas y pelotas de colores, pero él quería seguir jugando con su hermano. Entonces pidió un deseo a la tierra y esta se lo concedió: lo atrapó y lo mantuvo protegido para que nadie pudiera quitárselo hasta que él bajase a buscarlo. Y así lo hizo, emprendió un viaje que duró doce días porque, aunque subir es rápido y fácil, bajar a la tierra entraña mucho esfuerzo. Lo cogió de la mano y, cuando ambos llegaron arriba, saltaron de alegría al ver que allí, además de pelotas, había montones de triciclos.

No llores, madre; no te tortures, padre. Escuchad, no con los oídos, sino con vuestro corazón. ¿Los oís? Son sus risas. Por fin están jugando juntos.




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sábado, 5 de enero de 2019

MI TÍA BEA

*NOTA*: Este relato es un ejercicio de cambio de narrador. Primero se escribió "Llamadas perdidas" consistente en la narración de una anécdota que debía escribir Bea para la clase de su sobrina. "Mi tía Bea" cuenta dicha anécdota desde el punto de vista de la sobrina.


A mi tía Bea le gusta cantar en la ducha. Conecta el altavoz a la música del móvil y pone canciones de Operación Triunfo. Ella canta muy dulce porque tiene voz de gatito.

El otro día, estando en la ducha, la llamaron por teléfono, pero no lo cogió porque quería seguir cantando. Luego alguien muy pesado llamó otra vez y mi tía pensó que era mi madre porque ella es muy pesada y a veces le manda que me recoja del cole, aunque a mí me gusta que me recoja mi tía Bea porque me lleva la mochila y me deja que haga volteretas.
Cuando ya se había puesto la mascarilla en el pelo llamaron otra vez. Salió de la ducha con los pegotes de mascarilla y como ya habían colgado vio que no era la pesada de mi madre y decidió llamar ella. Le contestó un señor extranjero que no hablaba muy bien español y le dijo que quería hacerle un regalo y que "nesesitaba" su dirección. Como mi tía está siempre muy enfadada porque le llaman mucho los de Orange y Movistar y a veces la despiertan de la siesta, le dijo al señor que no quería ningún regalo, que ya no era pequeña ni se chupaba el dedo. Entonces colgó y quiso poner una queja llamando a los otros números, pero le saltó el contestador diciendo que eran Melchor y Gaspar. Y luego mi tía se dio cuenta, mientras se enjuagaba el pelo, ¡que el señor con el que habló se llamaba Baltasar y que ella no había querido darle su dirección! Así que salió corriendo de la ducha, pero, como estaba todo mojado, se resbaló y se hizo una brecha en la cabeza. Llamó, con la sangre chorreando y todo, a emergencias y hasta que llegaron estuvo llamando a los Reyes Magos, pero ya no contestaba ninguno y decía una voz que esos números ya no existían.

Los médicos le quitaron el teléfono y le dijeron que no le habían llamado los Reyes Magos, que ella creía que sí por el golpe que se dio en la cabeza, pero que no era verdad.

Aun así mi tía no se cree lo que dijeron los médicos porque en su móvil aparecen las tres llamadas perdidas. Y dice que lo peor es que para este año les había pedido salud, y yo le digo que, el año que viene, mejor les pida un manos libres para la ducha y así cuando la vuelvan a llamar podrá contestar sin hacerse una brecha.

LLAMADAS PERDIDAS

*NOTA*: Este relato es un ejercicio de cambio de narrador. Primero se escribió "Llamadas perdidas" consistente en la narración de una anécdota que debía escribir Bea para la clase de su sobrina. "Mi tía Bea" cuenta dicha anécdota desde el punto de vista de la sobrina.


Me encontraba en la ducha cantando bajo el chorro de agua caliente cuando el altavoz cortó mi canción favorita para hacer sonar el desagradable timbre de mi teléfono: ninoniino ninoniino ninoniinoonaaa. Acababa de enjabonarme el pelo, así que no hice ni caso. La música volvió a sonar y yo a canturrear como si fuera una concursante de Operación Triunfo, aunque mi voz se pareciese más a la de un gatito llorón. Cuando estaba en pleno estribillo dándolo todo, volvió a sonar el móvil.

—Seguro que es la pesada de mi hermana Marga para pedirme que hoy recoja a la niña del cole.

De nuevo ignoré la llamada. Seguí aclarándome el cabello, me unté la mascarilla y me dispuse a desenredarme con el peine de púas.

Ninoniino ninoniino ninoniinoonaaa, ninoniino ninoniino ninoniinoonaaa...


—¡No puedo creerlo! ¡Tres veces seguidas! ¡Más le vale que sea muy urgente! —grité enfadada.


Salí mojada de la ducha con la plasta en el pelo y justo cuando fui a cogerlo dejó de sonar.


—¡Maldita sea!


Me enrollé la toalla y cogí el teléfono para llamar a Marga. Entonces vi que las llamadas perdidas no eran de ella, sino de un número desconocido. Tres, para ser más exactos. Seleccioné el último y pulsé "devolver la llamada". Contestó al teléfono un hombre con un acento extranjero.


Boenos díes, mi nombre is Beltesar, ¿en qué poedo ayuderle?


—En primer lugar en decirme qué es lo que quieren venderme tan insistentemente. ¿De dónde me llama?, ¿de Orange?


—No, señora. Yo li llamo desde Oriente y no pretendo vinder nada, solo nesesito confirmar su direcsión para enviar rigalos.


—¿Regalos...? ¡Ja! Usted se cree que me chupo el dedo.


—Con la idad que tiene no crio que aún shupa dedo.


—¿Será descarado? ¡Pienso poner una queja!


Muy enfadada colgué y marqué otro de los números desconocidos para averiguar la compañía a la que pertenecía y poner una reclamación.


—Le atiende el contestador automático de... Gaspar. En estos momentos no puedo atenderle. Deje su recado desp...


Probé a marcar el otro.


—Le atiende el contestador automático de... Melchor. En estos momen...


—¡Increíble!


Me metí de nuevo en la ducha y mientras me aclaraba el pelo y se me iba pasando el enfado fui cayendo en la cuenta.


—Tres llamadas... extranjeros... Melchor, Gaspar y Belte... ¡Baltasar!


Salí de la ducha de un salto para llamarles con tan mala suerte que resbalé en el suelo mojado y me di un tremendo golpe en la cabeza. Aturdida y chorreando sangre llamé a emergencias y justo después marqué los tres números desconocidos, primero uno, luego otro, luego el otro, de nuevo el primero... Llamé al menos veinte veces a cada uno, hasta que alguien del equipo médico que llegó para atenderme me quitó el móvil. Dicen que todo lo que les conté es debido al fuerte golpe que me di, pero las tres llamadas perdidas siguen registradas en mi móvil, solo que ahora lo único que se escucha al marcarlos es: "lo sentimos. El número marcado no existe."


Y lo peor es que este año les había pedido salud...

viernes, 9 de noviembre de 2018

LA ESCALADA


La piedra estaba muy fría. La pared se encontraba en la cara norte del Madroñal y por esas fechas todavía helaba de madrugada. Las grietas ensangrentadas en mis dedos anunciaban que lo mejor era retirarse y regresar otra mañana menos fría. Pero en mi mente estaba fijada una obsesión, mi mayor sueño: escalar algún día la majestuosa montaña granítica El Capitán. De modo que continué el ascenso agarrándome con saña a aquella imponente roca. Cuando llegué al descuelgue pedí a mi compañero que me bajase, pero, de repente, la cuerda se soltó y caí al vacío.

No recuerdo más de aquel día. Quedé inconsciente tras caer a plomo desde una altura de nueve metros. Al parecer, la cuerda no era suficientemente larga e, inexplicablemente, olvidé comprobar el nudo del extremo final, por lo que, al acabarse, se coló por el Grigri.


Estuve en coma cuarenta y ocho horas. Tras despertar, tardaron unos días en explicarme lo que me había pasado y semanas después me fueron dando paulatinamente los detalles de mis múltiples lesiones. En resumen, mi estado era crítico y, entre el largo proceso de recuperación, las complicadas operaciones a las que debería enfrentarme y las posibles secuelas que me podrían quedar, hubo una frase que se clavó en mi pundonor: “No sabemos si algún día podrás volver a caminar”. Recuerdo perfectamente la cara de mi madre en ese instante, sus ojos vidriosos y su boca en un tenso rictus que tiraba de las comisuras hacia abajo, conteniéndose para no desmoronarse delante de mí.

Yo tenía 23 años. Toda la vida por delante. Toda la vida... en una silla de ruedas.


Recibí la noticia con serenidad. Sólo me impactó aquella sentencia que, no obstante, la sentí como si no fuese del todo mía, como si pudiera verme desde afuera, desde muy lejos, relativizando así la supuesta desgracia que me había tocado vivir.

Esa noche, entre morfina, antiinflamatorios y drogas varias, tuve un sueño: escalaba una pared enorme, pero cuando miraba bien, mis piernas se habían convertido en raíces; la cuerda ya no era tal cosa, sino larguísimos brazos que me sujetaban, y en la cumbre se encontraba la protectora mirada de mi madre que me susurraba: “Mírame, no te voy a dejar caer”.


Aquel sueño me marcó. Reflexioné. Tuve meses para hacerlo en los ratos que pasé solo entre aquellas blancas paredes. Decidí que me adaptaría a mi nueva situación, a lo que viniera cada día, fuese lo que fuese. Podría haber muerto en el accidente, de hecho habría sido lo más normal. Pero no, yo aún estaba allí con la oportunidad de seguir adelante.


Han pasado más de 20 años. Hoy camino y lo hago sin muletas. En esta, que yo llamo, mi nueva vida, me formé para ayudar a la gente a vivir sin dolor y a cuidarse física y emocionalmente. Mi familia sigue siendo los brazos a los que agarrarme si me siento caer, un bastón de ánimo, especialmente dos bichillos rubios que me estiran de las mejillas cada mañana dejándome los ojillos achinados y una sonrisa infinita.


Ha sido un largo camino, en absoluto fácil. En él me he percatado de que El Capitán no es nada en comparación con la “escalada” que yo he hecho en mí mismo. Una escalada que nunca terminará mientras siga vivo y en cuyo ascenso me esperarán unas veces logros, y otras tremendas caídas que me darán la oportunidad de volver a empezar.

Así que hoy puedo decir que sigo persiguiendo el sueño de alcanzar la cumbre de la mayor montaña que uno pueda escalar: la vida.






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domingo, 25 de marzo de 2018

EL NIRVANA


Hacía casi dos milenios que lo habían crucificado. Después pasó penurias siendo un eunuco, una campesina, un monje amanuense y una geisha. Aun así, debería volver a nacer hasta encontrar el nirvana.
Esta vez escogió una vida contemplativa. Calor de hogar, caricias, agua y comida siempre a su disposición... Sólo se dedicaba a las labores de acicalamiento de su propio pelaje y al buen dormir. Ni siquiera le afectaba que alguien se proclamara su dueño.
Por fin lo había logrado, aunque necesitó siete vidas para tomar la decisión acertada.




sábado, 17 de marzo de 2018

LA PUNTA DEL ICEBERG

Me declaro responsable de asesinato.
Cuando me empeño en algo soy incapaz de parar hasta conseguirlo. No fue una decisión motivada por un arranque de ira ni me poseyó ninguna locura transitoria; al contrario, fue premeditada y me encontraba en perfecto estado de salud mental.

Él quería que aparentara ser perfecta. Buscaba la aprobación de la galería en lugar de la mía. Yo no soportaba su obsesión por el orden, por la limpieza, por la puntualidad. Nunca me aceptó como soy, imperfecta, y si cometía un fallo, me castigaba por ello insultándome, subestimándome, juzgándome...
Me instigaba a tener miedo, a sentir culpa, a no valorarme.

En ocasiones, cuando percibía que me había hundido con el relente de sus palabras, se disculpaba. Se retractaba con elogios y me aseguraba que no volvería a pasar, que me iba a cuidar porque yo era la persona más importante de su vida. Pero eso nunca duraba y mi deseo de acabar con él aumentaba después de cada promesa incumplida, de cada muestra en la que plasmaba que, en realidad, me despreciaba profundamente.
Hasta que no pude más: Decidí aniquilarlo.

Lo hice, casi sin que se diera cuenta. Me costó, pero poco a poco comenzó a debilitarse. Hablaba menos y cuando lo hacía lo ignoraba. Conforme su poder amainaba, el mío se restablecía.
Hubo quien notó algo extraño. "¿Estás bien?, te noto cambiada" me decían. Luego, cuando dejó de asistir a las citas con amigos, me preguntaban por él. Pero se fueron acostumbrando a su ausencia.

Hoy ya no tengo que aguantar sus juicios. Ya no escucho su voz acusadora cuando cometo errores ni se me hace un nudo en la garganta si digo algo políticamente incorrecto.
Ahora me acepto sabiendo que no soy perfecta y que no debo remedar a nadie porque lo importante es ser auténtica.
Desde la galería se ve sólo la punta del iceberg, pero lo verdaderamente valioso está adentro. Somos energía, amor, sueños...

No fue fácil, pero al fin maté a ese juez que vivía dentro de mí.
Ahora me siento en paz. Soy libre.





domingo, 4 de marzo de 2018

LÁGRIMAS



Estaba seguro de que lo conseguiría. Como esa vez en la que una bomba hizo diana en la casa de mis primos con ellos dentro; o aquella otra que, de camino a la escuela, alcanzó a Khaled, mi mejor amigo. Fue muy difícil, pero no derramé ni una sola lágrima. 
Mamá me había contado que, si llorábamos, el vapor de las lágrimas humedecería nuestro cerebro por dentro y nos impediría pensar con claridad. Así que, cuando se hundió la embarcación y las casi trescientas personas comenzaron a gritar, a llorar y a suplicar, yo nadaba con todas mis fuerzas mientras veía cómo se iban rindiendo a mi alrededor. 

El mar no paraba de agitarse, pero yo confiaba en la voz de mi madre que procedía de algún lugar en dirección a tierra. Las olas enfurecidas nos vapuleaban sin piedad. «¿Acaso este mar burlón tampoco nos va a dar tregua?» pensé resignado; «No llores, aguanta».

Interminables horas...

Logré resistir los embates de aquella bestia azul quitándome la ropa para pesar menos y manteniendo en lo posible mis pulmones cargados de oxígeno. Eso era menos cansado que nadar contra las olas y me mantenía a flote. 

Hacía mucho frío.
Ya no escuchaba a mi madre. 
Tampoco los gritos de pánico y súplica que, hacía rato, ya habían cesado. 

Oí un motor. Un barco de salvamento venía hacia mí. Me lanzaron un salvavidas y me agarré con las pocas fuerzas que aún me quedaban. 
En la embarcación me cubrieron con una manta dorada. Me acurruqué en un rincón y busqué con la mirada a mi madre, pero no estaba. Tampoco mi padre. Ni mi hermano mayor. 
Apenas habría veinte personas, todas adultas excepto yo. Observé sus miradas. Vacías, como si pudiera traspasarlas hasta ver sus cerebros enmohecidos por tantas lágrimas.

Me llamo Samir y esa fue la primera vez que lloré.

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    SEGUNDO SELECCIONADO EN LA COMUNIDAD

    RELATOS COMPULSIVOS

viernes, 23 de febrero de 2018

¡MANDA CARALLO!


¡Manda carallo!
Perdonen la expresión, pero es que estoy desolado. Cuatro meses llevaba esperando el dichoso Entroido.
«Que sí, Benito, que te va a encantar, que no hay mejor fiesta» me repetía Cosme continuamente. «¡Que el Entroido te cambia la vida! Además, yo ya he ido dos veces a tu tierra y tú aún no conoces la mía, ¡carallo
Así que acepté la invitación sin consultarle a mi timidez. El problema es que, más tarde, esta se enteró y empezó a torturarme con su sofisticado generador de angustia, su mejor estrategia para salirse con la suya: Los ataques de pánico, el insomnio, el dolor de estómago... Pero esta vez no iba a lograr que cambiase mi decisión, no señor, porque no me daba a mí la gana.
Hace tiempo que cree que es ella la que toma las decisiones, ¡la dueña de mi vida! Pues ¡naranjas de la china!, que para eso llevo media vida de psicólogos —me dije—; aquí el que manda soy yo.

Pasé cuatro meses terribles. De los peores de mi vida. Tuve que retomar mis visitas al psicólogo porque me estaba ahogando y temía dejarme vencer.

Llegó el día. Cuando sonó el portero automático, una fuerza sobrenatural me inmovilizó hasta las pestañas. Lo único que lograba moverse en mi cuerpo era mi mente diciéndome que me escondiera, que Cosme tenía una copia de las llaves y subiría. Así fue. Cogió mi maleta, tiró de mí escaleras abajo y finalmente, no recuerdo cómo, me monté en el coche. Más de cinco horas de viaje en las que no dije una sola palabra.

Vamos, Benito, que el orballo también cala.
Como un autómata bajé del coche y seguí a Cosme que iba con las dos maletas dando tumbos por un camino de piedras dispuestas de forma irregular. Al fondo, una casa con el tejado de pizarra y una chimenea humeante. Cosme llamó a la puerta. Abrió una muchacha preciosa con un vestido lila el cual terminaba en unos tentáculos llenos de ventosas pintadas del mismo color. Yo estaba a tres pasos de la puerta cuando tropecé con una de las piedras.
¡Manda carallo, Benito! Anda con cuidado, home, que el suelo resbala.
Me levanté lo más rápido que pude y allí estaba ella mirándome con una sonrisa violeta a juego con su vestido. Por el calor que subió a mis mejillas y a mis orejas debí ponerme como un tomate.
Entrad, os traeré una toalla.
"Alba", me susurró Cosme.
Alba bajó la escalera con un par de toallas en la mano y algo indescriptible colgando del brazo. Nos lanzó las toallas y estiró aquella cosa mostrándonosla.
¡¡Tachán!! ¿Te gusta?— me preguntó.
¿Qué es? —balbuceé mientras volvían a encenderse mis mejillas.
¿Qué va a ser? ¡Un disfraz de cachelo! ¿No pensarías dejar al pulpiño solo? Déjame ver si no te queda muy largo.
Me puse de pie y ella, suelta como pulpo en el agua, me embutió en aquella cosa de fieltro de color patata al pimentón.
¡Perfecto! Secaos y poneos los disfraces que en una hora hay cachuchada en el Campo da Barreira y he quedado con mi novio— dijo rompiéndome el corazón.

Sí, sé que es estúpido enamorarse de alguien a primera vista. Pasé los tres días siendo la más triste patata cocida. Con lo que me costó llegar hasta allí. Ni Cosme consiguió animarme ni mi timidez volvió a hacer acto de presencia. Ya todo me daba igual. Ya todo me da igual. Cosme tenía razón, el Entroido te cambia la vida. ¡Manda carallo!




jueves, 15 de febrero de 2018

LA POETISA



          Todos daban la misma respuesta, «cuatro», «cuatro», «cuatro»... Algunos la repetían hasta siete veces. Ella solo quería que la escucharan una vez. Tras varios intentos fallidos, Calíope se levantó de la silla e intentó gritar lo más fuerte que pudo: «¡Si le quitas dos manzanas estará algo menos sana!»
La clase entera se giró a mirarla, incluso la maestra que estaba dibujando las manzanas en la pizarra.
Sus compañeros comenzaron a reirse y la maestra tuvo que bajar del encerado para poner orden.
          —Calíope, debes estar más atenta. Es muy sencillo, mira, si tenemos seis manzanas...
No fue capaz de escuchar más, no porque le fuese complicado atender, sino porque le resultaba tremendamente aburrido. ¡Claro que sabía el resultado! Calíope no era precísamente tonta, ni lenta, ni tenía problemas de atención, al contrario. Lo que pasaba es que no quería perder el tiempo con cosas obvias. Prefería dejar fluir su creatividad y buscar soluciones originales.
          —¿Lo has entendido ahora? —toda la clase seguía mirándola y se oían risitas contenidas. La maestra apoyó la mano en su hombro de manera cariñosa, aunque Calíope dedujo que era una forma de incitarla a responder.
          —Tras su perfecto esclarecimiento, logró mi discernimiento—y continuó—: Juan hoy roba dos manzanas, otro día serán peras, mas si nadie le corrige llegará a robar carteras.
Su frase desató un escándalo de risas y burlas. La maestra enfadada cambió su tono de voz dulce por uno mucho más enérgico y firme.
          —¡Silencio! ¡No quiero oir ni una risa más! Para mañana vais a inventar una pequeña poesía para disculparos con Calíope—se escucharon varios jo tímidos— Ni jo ni ja. Y al que oiga quejarse traerá dos poesías.
Calíope mostró una sonrisa de oreja a oreja, ¡por fin!, ¡poesía en clase!

          El lunes, como cada mañana, la maestra fue dando los buenos días a cada niño. Después, cogían su bata de cuadros verdes del perchero y se la ponían bajo la atenta mirada de la maestra, pues no les dejaba sentarse hasta que tuvieran bien abrochados los tres botones.
Calíope había llegado la primera. No quería perderse ni un minuto de la que prometía ser la mejor mañana de su vida. Allí estaba, con los ojos chispeantes y su sonrisa de cereza.
Tras los saludos y la canción de "buenos días" estaban listos para comenzar la clase.
          —¿Recordáis que hoy teníamos que recitarle una pequeña poesía a Calíope?— se escuchó un a coro carente de entusiasmo—. Calíope, ven, sientate aquí —dijo tendiéndole la mano a la vez que colocaba una silla alta frente a las diminutas mesas redondas—.¿Por qué no empiezas tú, Rodrigo?
Rodrigo se puso en pie y haciendo girar su tronco con los brazos caídos recitó:
          —Si no sabes restar, te puedo enseñar, pero reirme ya nunca más.
Le aplaudieron y fueron levantándose uno a uno. La sonrisa de Calíope crecía y crecía.
«Poeta serás y a todos alegrarás», «yo te quiero pedir perdón con todo mi corazón», «no quería ponerte triste como un pájaro enjaulado, por eso te traigo alpiste y te dejo que te sientes a mi lado»...
Así siguieron recitando hasta catorce poesías y como si de un virus contagioso se tratase, todos empezaron a sonreir.
          —Vuestras disculpas agradezco y aún más las muestras de afecto —recitó Calíope feliz—. Si hay algo que no podréis olvidar, es la alegría de rimar.
Hicieron un corro cogidos de las manos y cantaron su canción de la amistad:

Cantaremos, jugaremos, bailaremos hasta un vals.
Yo te ayudo, tú me ayudas y reiremos sin parar.
Cuando tengo a mis amigos para poder abrazar
mi corazoncito salta de alegría, plim plom plam.

Luego cerraron el corro en un abrazo colectivo y prosiguieron la clase.
          —Andrés ha ido esta mañana al kiosko y ha comprado nueve caramelos—enunciaba la maestra—. Por el camino se ha encontrado a su amiga Paula y le ha regalado tres caramelos. ¿Con cuántos caramelos se ha quedado Andrés?— Esta vez todas las respuestas fueron distintas:
          «Seis caramelos de menta, por eso se va contenta», gritó Sofía con emoción, «seis caramelos y una muela menos», soltó Alberto tapándose la boca con las manos temiendo una regañina, «Paula tres que le ha regalado Andrés»...
          La maestra se echó las manos a la cabeza, pero no pudo evitar echarse a reír.
          A partir de ese día un cartel lideraba el aula:

💛 Si resuelves el problema
y pregunta la maestra,💜
💙 con la rima de un poema
puedes darle la repuesta.💚


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sábado, 28 de mayo de 2016

EL HOMBRE CABRA


Cerró el libro y tras frotarse los ojos echó un vistazo a su alrededor. No había ni un solo viajero a parte de él mismo. Pensó que ya llevaba demasiado tiempo leyendo con la tenue luz de aquella lúgubre estación. Miró el enorme y viejo reloj de pared. Las tres y media. Aún faltaba más de una hora para su tren.

Se levantó dejando sus cosas en el banco y entre bostezos cogió su botella de agua ya casi vacía y empezó a recorrer la extensa y silenciosa sala de espera en busca de un lavabo. A esas horas de la noche parecía una estación fantasma, sin ventanillas ni bares ni tiendas abiertas. Sin vigilantes ni viajeros ni personal de estación. Tal vez solo hubiera uno o dos trenes nocturnos y el personal viniese un poco antes de su llegada. O tal vez estuviese durmiendo tras alguna de esas ventanillas cerradas.

Tras un rato dando vueltas entre bancos, papeleras y negocios cerrados encontró un recoveco en el que había un par de puertas negras con extraños relieves. En una de ellas sobresalía la silueta de una esfinge y en la otra la de un fauno. Bostezando de nuevo y con una leve risa sin fuerza se tocó la cabeza como buscándose los posibles cuernos y empujó con su cuerpo cansado esa inusual puerta. Dentro la luz parpadeaba y emitía un zumbido continuo. El servicio tenía forma de "L", con tres labavos y al menos ocho o diez retretes. Al fondo una ventana ojival con varios cristales rotos evidenciaba el abandono de aquel lugar. Hacía mucho más frío que en la sala de espera, tanto que del chorro de orina salía vaho. Tiró de la cadena, pero la cisterna no soltó ni una gota. Intentó en vano lavarse las manos; tampoco había agua en ninguno de los tres lavabos. Se miró al espejo, observó sus ojeras y su rostro demacrado y mientras se atusaba un poco el pelo oyó unos pasos fuera.
Salió corriendo porque temía que le robasen el equipaje que había dejado solo en aquella desértica estación pensando que a esas horas nadie aparecería por allí. Asustado dobló la esquina. No vio a nadie. Se acercó nervioso al banco donde había dejado sus cosas. Estaba todo. Respiró hondo y miró de nuevo a su alrededor. Ni rastro. Pensó que podía haber sido alguien que había entrado al servicio de mujeres y se había marchado corriendo. Se acercó a las puertas de cristal y sin atreverse a salir intentó ver si había algún vehículo. Pero la falta de iluminación en el exterior y el reflejo de las luces de la sala en los cristales no le permitían ver prácticamente nada de lo que había fuera. Tan solo la luna que estaba saliendo y unas farolas lejanas que indicaban que la población más cercana estaba demasiado lejos como para que alguien anduviese por la zona sin un vehículo.



—Tal vez fuese un perro. ¡O un pastor! —se dijo en voz baja intentando tranquilizarse—. Además, qué importa, no me ha robado el equipaje.

Volvió a su banco y se sentó. El susto le había dejado la boca seca, buscó en el bolsillo de la maleta su botella de agua, pero no estaba. Miró varias veces, buscó debajo del banco, detrás y nada.

—Habrán entrado a robar una botella de agua y han decidido dejar la maleta —rió irónico—. ¡El servicio! Claro, la dejé en el servicio.

Aún intranquilo, agarró la maleta y el libro y fue a buscarla. Dobló la esquina y al acercarse a la puerta se quedó paralizado. Ya no tenía ningún relieve. Tampoco la de al lado. Para entonces la estación ya no parecía tan silenciosa. Su corazón bombeaba tan fuerte que escuchaba sus acelerados latidos como si fuese una rueda de molino girando a toda velocidad. Retrocedió unos pasos hasta salir de aquel recodo y miró a ambos lados de la sala de espera. Empezó a caminar por ella a toda prisa arrastrando su maleta sin ruedas. Seguro que se había equivocado de recoveco y habría otro igual con relieves en las puertas. Sí, eso era. Entre el susto y el cansancio debía de estar despistado.

—Detrás de esa columna —dijo acercándose a paso acelerado—. No... ahí no... Estará al otro lado, posiblemente esté en el otro extremo de la sala.

Después de recorrerla entera desesperado notó cómo le ahogaban las ganas de llorar.
Angustiado miró de nuevo el reloj de la estación. Estaba parado.

—No puedo creerlo. Esto es una pesadilla. ¡Que venga ya mi tren, por favor, que venga ya el maldito tren!- gritó entre sollozos abrazado a su maleta.

Entremezclándose con su agitada respiración y sus latidos le pareció oír un tren. Salió al andén y vio una luz que se acercaba.

—Por fin, gracias a Dios —dijo secándose las lágrimas.

El tren silbó. Se oyeron un par de veces los frenos chirriar contra las férreas vías. Cuando la locomotora llegó a la altura de la estación iba aún bastante deprisa. Debía de ser largo y lo harían parar en los últimos vagones. Entonces vio el vagón de cola pasar por delante suyo a la misma velocidad y se alejó. Se alejó el tren, la luz, el traqueteo...

Todo volvía a estar oscuro y silencioso. Se quedó inmóvil mirando al frente. Su mente estaba en blanco, en shock.

Entró en la sala de espera, dejó su maleta junto a un banco, se sentó y se puso a leer hasta que se sintió cansado.


Cerró el libro y tras frotarse los ojos echó un vistazo a su alrededor. No había ni un solo viajero a parte de él mismo. Pensó que ya llevaba demasiado tiempo leyendo con la tenue luz de aquella lúgubre estación. Miró el enorme y viejo reloj de pared. Las tres y media. Aún faltaba más de una hora para su tren.



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martes, 24 de mayo de 2016

LA AUREOLA




Manuela y Damián vivían en una humilde casa en el campo. Damián era labrador, pero empezaba a sentirse mayor para tan duro trabajo. Esa tarde, tras una intensa jornada, llegó a casa cansado y dolorido

—Damián – le dijo preocupada – ni tus huesos ni tus fuerzas aguantarán por mucho más tiempo la labranza.

Damián levantó la cabeza y la miró apesadumbrado.

—Lo sé, Manuela —musitó—  y no tenemos otro sustento...

Agachó la cabeza y caminó despacio hasta una de las mecedoras que tenían bajo un pequeño porche. Una preciosa luz anaranjada iluminaba todo y decoraba un cielo salpicado de nubes de colores imposibles. Manuela se sentó a su lado.

—Confía en Dios —le dijo inclinándose hacia él y cogiéndole la mano.

Damián giró el cuello para mirarla. Tras la silueta de su cabeza, un sol enorme, ya casi rojo, asomaba como una aureola.

—Eres una ángel —dijo agradecido a aquella mujer que le había acompañado durante cincuenta y dos años.

En ese instante, una luz iluminó el rostro de Manuela que se encontraba de espaldas al sol. Ambos miraron hacia el lugar del que procedía ese reflejo y sonriendo volvieron a mirarse el uno al otro. Las vidrieras de la ermita de San Agustín...

A la mañana siguiente, un joven harapiento llamó a su puerta. No llevaba más que lo puesto. No buscaba dinero, sólo algo de comida a cambio de su trabajo. Ella suspiró.



—Entra muchacho. Esta es tu casa.




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