domingo, 25 de marzo de 2018

EL NIRVANA


Hacía casi dos milenios que lo habían crucificado. Después pasó penurias siendo un eunuco, una campesina, un monje amanuense y una geisha. Aun así, debería volver a nacer hasta encontrar el nirvana.
Esta vez escogió una vida contemplativa. Calor de hogar, caricias, agua y comida siempre a su disposición... Sólo se dedicaba a las labores de acicalamiento de su propio pelaje y al buen dormir. Ni siquiera le afectaba que alguien se proclamara su dueño.
Por fin lo había logrado, aunque necesitó siete vidas para tomar la decisión acertada.




sábado, 17 de marzo de 2018

LA PUNTA DEL ICEBERG

Me declaro responsable de asesinato.
Cuando me empeño en algo soy incapaz de parar hasta conseguirlo. No fue una decisión motivada por un arranque de ira ni me poseyó ninguna locura transitoria; al contrario, fue premeditada y me encontraba en perfecto estado de salud mental.

Él quería que aparentara ser perfecta. Buscaba la aprobación de la galería en lugar de la mía. Yo no soportaba su obsesión por el orden, por la limpieza, por la puntualidad. Nunca me aceptó como soy, imperfecta, y si cometía un fallo, me castigaba por ello insultándome, subestimándome, juzgándome...
Me instigaba a tener miedo, a sentir culpa, a no valorarme.

En ocasiones, cuando percibía que me había hundido con el relente de sus palabras, se disculpaba. Se retractaba con elogios y me aseguraba que no volvería a pasar, que me iba a cuidar porque yo era la persona más importante de su vida. Pero eso nunca duraba y mi deseo de acabar con él aumentaba después de cada promesa incumplida, de cada muestra en la que plasmaba que, en realidad, me despreciaba profundamente.
Hasta que no pude más: Decidí aniquilarlo.

Lo hice, casi sin que se diera cuenta. Me costó, pero poco a poco comenzó a debilitarse. Hablaba menos y cuando lo hacía lo ignoraba. Conforme su poder amainaba, el mío se restablecía.
Hubo quien notó algo extraño. "¿Estás bien?, te noto cambiada" me decían. Luego, cuando dejó de asistir a las citas con amigos, me preguntaban por él. Pero se fueron acostumbrando a su ausencia.

Hoy ya no tengo que aguantar sus juicios. Ya no escucho su voz acusadora cuando cometo errores ni se me hace un nudo en la garganta si digo algo políticamente incorrecto.
Ahora me acepto sabiendo que no soy perfecta y que no debo remedar a nadie porque lo importante es ser auténtica.
Desde la galería se ve sólo la punta del iceberg, pero lo verdaderamente valioso está adentro. Somos energía, amor, sueños...

No fue fácil, pero al fin maté a ese juez que vivía dentro de mí.
Ahora me siento en paz. Soy libre.





domingo, 4 de marzo de 2018

LÁGRIMAS



Estaba seguro de que lo conseguiría. Como esa vez en la que una bomba hizo diana en la casa de mis primos con ellos dentro; o aquella otra que, de camino a la escuela, alcanzó a Khaled, mi mejor amigo. Fue muy difícil, pero no derramé ni una sola lágrima. 
Mamá me había contado que, si llorábamos, el vapor de las lágrimas humedecería nuestro cerebro por dentro y nos impediría pensar con claridad. Así que, cuando se hundió la embarcación y las casi trescientas personas comenzaron a gritar, a llorar y a suplicar, yo nadaba con todas mis fuerzas mientras veía cómo se iban rindiendo a mi alrededor. 

El mar no paraba de agitarse, pero yo confiaba en la voz de mi madre que procedía de algún lugar en dirección a tierra. Las olas enfurecidas nos vapuleaban sin piedad. «¿Acaso este mar burlón tampoco nos va a dar tregua?» pensé resignado; «No llores, aguanta».

Interminables horas...

Logré resistir los embates de aquella bestia azul quitándome la ropa para pesar menos y manteniendo en lo posible mis pulmones cargados de oxígeno. Eso era menos cansado que nadar contra las olas y me mantenía a flote. 

Hacía mucho frío.
Ya no escuchaba a mi madre. 
Tampoco los gritos de pánico y súplica que, hacía rato, ya habían cesado. 

Oí un motor. Un barco de salvamento venía hacia mí. Me lanzaron un salvavidas y me agarré con las pocas fuerzas que aún me quedaban. 
En la embarcación me cubrieron con una manta dorada. Me acurruqué en un rincón y busqué con la mirada a mi madre, pero no estaba. Tampoco mi padre. Ni mi hermano mayor. 
Apenas habría veinte personas, todas adultas excepto yo. Observé sus miradas. Vacías, como si pudiera traspasarlas hasta ver sus cerebros enmohecidos por tantas lágrimas.

Me llamo Samir y esa fue la primera vez que lloré.

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